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Casi todo el mundo ha comido un osito de oro. Muy pocos sabrían decir quién los fabrica. Y menos aún que detrás hay una de las empresas familiares más discretas y rentables de Europa, un imperio que vende en más de cien países y que sigue en manos de la misma familia que lo fundó hace más de un siglo.
Haribo no es una marca cualquiera de chuches. Es el origen de la gominola tal como la conocemos, un negocio que empezó en la cocina de una casa de Bonn en 1920 y que hoy mueve miles de millones sin que nadie ajeno a la familia haya visto nunca sus cuentas completas. La historia tiene ingredientes de sobra: un confitero terco, un káiser en el exilio, dos guerras mundiales, un capítulo turbio que la empresa niega y una máquina comercial que lleva noventa años repitiendo el mismo mensaje. Vamos por partes, porque merece la pena entenderla bien.
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1. Un nombre que lo cuenta todo
Diciembre de 1920. Alemania acaba de perder la Primera Guerra Mundial y arrastra una economía en ruinas, camino de la hiperinflación que años después haría falta una carretilla de billetes para comprar pan. En ese país hundido, un confitero de 27 años llamado Hans Riegel registra una pequeña empresa de dulces en Bonn. Su capital, según la propia compañía, daba casi risa: un saco de azúcar, una losa de mármol, un taburete, un hornillo, una olla de cobre y un rodillo. Nada más.
El nombre que eligió es una pequeña obra maestra de síntesis. Haribo son las primeras sílabas de HAns RIegel BOnn. Su nombre, su apellido y su ciudad, encajados en una sola palabra fácil de recordar. Difícil condensar mejor una identidad, y ese instinto para lo memorable marcaría toda la historia de la casa.
La primera empleada fue su mujer, Gertrud, contratada en 1921. Durante los primeros años fue ella quien repartía la producción diaria en bicicleta por las tiendas de Bonn, hasta que la demanda creció lo suficiente para justificar la primera gran inversión: un coche con carteles publicitarios que sustituyó a la bici. Pequeños pasos, pero con una cabeza comercial clara detrás de cada uno.
2. El oso que bailaba en los circos
En 1922, Riegel dio con el producto que lo cambiaría todo. Se fijó en una estampa muy común en las ferias de la época: los osos amaestrados que bailaban en los circos ambulantes. Con esa imagen en mente creó una golosina de goma con forma de oso y la llamó Tanzbär, el oso bailarín. Era más grande y más estilizada que el osito actual, y en aquellos primeros años se hacía con goma arábiga en lugar de la gelatina de hoy.
Aquel fue el primer gummy bear de la historia. La gominola con forma de animal, ese invento tan sencillo que parece que siempre existió, salió de la cabeza de un confitero alemán arruinado por la posguerra. Dos ositos costaban un pfennig, calderilla incluso para la Alemania inflacionista de entonces.
Conviene una nota incómoda aquí, porque ayuda a entender la marca. El nombre “oso bailarín” no era inocente. Remitía a una práctica real y cruel: capturar oseznos salvajes y adiestrarlos con métodos dolorosos para que “bailaran” ante el público. Décadas más tarde, en los años sesenta, la empresa rebautizó el producto como Goldbär, el osito de oro, un cambio que muchos leen como una forma de dejar atrás aquella connotación.
3. Un fan inesperado: el káiser en el exilio
El producto enganchó rápido, y no solo entre los niños. Aquí aparece una de las anécdotas más curiosas de toda la historia, y merece contexto.
Guillermo II fue el último emperador de Alemania, el káiser que gobernó el país durante la Primera Guerra Mundial. Cuando Alemania perdió la guerra en 1918, estalló una revolución interna, la monarquía cayó y Guillermo II tuvo que abdicar y marcharse al exilio a los Países Bajos, donde pasaría el resto de su vida. En su lugar nació un régimen democrático conocido como la República de Weimar, la Alemania de entreguerras.
Pues bien, cuenta la leyenda que a aquel emperador destronado, ya amargado en su exilio holandés, le hacían llegar los ositos de Haribo. Y que le gustaban tanto que llegó a decir que eran“lo mejor que había salido de la República de Weimar”. Viniendo de un monarca que despreciaba a la república que lo había sustituido, la frase tiene su guasa: lo único bueno de la nueva Alemania, según él, eran unas gominolas. Se dice también que el físico Albert Einstein era otro aficionado confeso. Detalles pequeños, pero que muestran hasta qué punto el producto caló desde el principio.
4. El eslogan que ha sobrevivido a todo
Para 1933, Haribo ya era una empresa mediana sólida. Tenía 400 empleados, una red de comerciales que distribuía por toda Alemania y un edificio de producción propio recién terminado en Bonn. En esos años nació una frase que sigue viva casi un siglo después:
“Haribo macht Kinder froh” (Haribo hace felices a los niños)
Simple, pegadiza, imposible de quitarse de la cabeza. Con el tiempo le añadieron una coletilla,“und Erwachsene ebenso” (y a los adultos también), pero el núcleo no ha cambiado nunca. Pocas marcas en el mundo mantienen el mismo eslogan durante noventa años. Ahí asoma una de las claves de Haribo: una disciplina casi obsesiva para no tocar lo que funciona.
5. “Vive el sabor mágico, ven al mundo Haribo”
Si creciste en España, seguramente acabas de leer esa frase cantándola. No la has dicho, la has tarareado. Y ahí está una de las jugadas de marketing más listas de toda la historia de la marca.
El eslogan original alemán,“Haribo macht Kinder froh”, nació en 1962 como frase escrita y dos décadas después se convirtió en canción. Cuando Haribo salió a conquistar el mundo, se encontró con un problema clásico: traducir literalmente una rima casi nunca funciona. Lo que rima y suena pegadizo en alemán se vuelve plano y raro en otro idioma. Así que la empresa hizo algo más inteligente que traducir. Recreó el jingle en cada país, cambiando las palabras pero conservando la música, el tono y la sensación.
El resultado es que cada mercado tiene su propia versión, y todas riman:
En Alemania:“Haribo macht Kinder froh, und Erwachsene ebenso” (Haribo hace felices a los niños, y a los adultos también).
En Reino Unido:“Kids and grown-ups love it so, the happy world of Haribo”.
En Francia:“Haribo c’est beau la vie, pour les grands et les petits”.
Y en España, la que todos tenemos grabada a fuego: “Vive el sabor mágico, ven al mundo Haribo”.
Fíjate en el detalle, porque tiene miga. La versión española no dice lo mismo que la alemana ni que la inglesa. Ninguna es una traducción de otra. Lo que se traduce no son las palabras, es la emoción. En el mundo del marketing esto tiene hasta nombre propio, transcreación, y el jingle de Haribo se estudia como uno de los mejores ejemplos que existen: cambiar todo para que, en el fondo, siga sonando exactamente igual de bien.
6. La guerra, los dos hijos prisioneros y la empresa en ruinas
Y llegamos a la etapa más oscura y peor contada de esta historia, que conviene explicar despacio porque encadena varios hechos.
La Segunda Guerra Mundial golpeó a Haribo como a casi toda la industria alemana. Faltaban las materias primas básicas (azúcar, sobre todo) y la producción se desplomó. La empresa entró en una travesía del desierto de la que no saldría hasta bien acabado el conflicto.
En marzo de 1945, con la guerra casi terminada, el fundador, Hans Riegel padre, murió de forma repentina a los 51 años. Y aquí viene el problema que dejó a la empresa colgando de un hilo: sus dos hijos varones, Hans júnior y Paul, estaban en ese momento presos como prisioneros de guerra. ¿Qué significa esto? Que ambos habían sido soldados alemanes durante el conflicto y, al terminar la guerra, cayeron capturados por los aliados (las potencias vencedoras). No pudieron volver a casa de inmediato. Quedaron retenidos en campos de prisioneros hasta 1946.
Durante ese tiempo, con el fundador muerto y los herederos encerrados lejos, fue la viuda, Gertrud, quien sostuvo el negocio prácticamente sola. Y lo que sostuvo era poco más que un cascarón. Tras la guerra, Haribo había quedado reducida a unos 30 empleados, una sombra de la empresa de 400 personas que había sido una década antes.
7. La sombra que la familia nunca ha despejado
Aquí toca detenerse en la acusación más seria que arrastra la marca, porque casi nunca se cuenta bien.
Durante el nazismo, el régimen de Hitler puso a trabajar por la fuerza a millones de personas: prisioneros de guerra, deportados de los países ocupados y judíos internados en campos. Es lo que se conoce como trabajo forzado: gente obligada a trabajar sin sueldo y en condiciones brutales para sostener la economía alemana durante la guerra. Muchas empresas alemanas de renombre se beneficiaron de esa mano de obra esclava.
En el año 2000, ya en democracia, el Gobierno alemán organizó un fondo de compensación de 2.400 millones de dólares para indemnizar a los supervivientes de aquel trabajo forzado. Numerosas grandes compañías, conscientes de su pasado, se sumaron y aportaron dinero. Un periódico de Berlín escribió entonces a doce empresas que no se habían adherido, preguntándoles por qué. Haribo fue señalada en el parlamento alemán como una de las firmas que habría empleado trabajadores forzados durante la guerra. La empresa lo negó y se negó a pagar al fondo.
Su respuesta oficial fue, cuando menos, fría. Vino a decir que bajo una supuesta solidaridad se estaba resucitando la tesis de la culpa colectiva, y que el sufrimiento de entonces era innegable pero ya no se podía reparar. Esa negativa, lejos de cerrar el asunto, alimentó las sospechas. Nunca ha habido una prueba concluyente que zanje el debate, y esa ambigüedad es precisamente lo que ha dejado la mancha ahí, sin borrar. Contar la epopeya dorada de Haribo sin mencionar este capítulo sería quedarse a medias.
8. Dos hermanos, dos papeles y una remontada de manual
En 1946, los hermanos volvieron por fin del cautiverio y tomaron el mando. Y aquí está una de las claves menos conocidas del éxito posterior: el reparto de papeles entre los dos.
Hans Riegel júnior se quedó con lo comercial: marketing, ventas, la cara pública de la empresa. Era el vendedor, el estratega, el hombre de las ideas. Paul Riegel se encargó de la producción y el desarrollo de producto, y apenas apareció jamás en público. Uno daba la cara, el otro perfeccionaba la fábrica en la sombra. Una división del trabajo que funcionó durante más de medio siglo, sin peleas visibles ni luchas de poder que dinamitaran la empresa, algo rarísimo en los negocios familiares.
Los resultados llegaron rápido. En 1950, apenas cinco años después de terminar la guerra con 30 empleados, Haribo ya daba trabajo a cerca de mil personas. La recuperación coincidió con el despegue económico de la Alemania de posguerra, y la empresa cabalgó esa ola. Ese mismo periodo trajo el producto definitivo: el Goldbär, el osito de oro tal como lo conocemos, un éxito tan rotundo que la empresa llegó a emitirle un “certificado de nacimiento” oficial, puro juego de marca.
9. El hombre que preguntaba a los niños qué querían
Hans Riegel júnior merece un párrafo aparte, porque era un personaje fuera de lo común y explica buena parte del éxito.
Era doctor en economía (su tesis, curiosamente, trataba sobre la industria mundial del azúcar), campeón de Alemania de bádminton en dobles y hasta primer presidente de la federación alemana de ese deporte. Dirigió Haribo durante casi sesenta años, hasta su muerte en 2013 a los 90. Y tenía una obsesión que hoy sonaría muy moderna: entender de verdad a su cliente principal, que eran los niños.
Para eso veía programas infantiles de televisión, leía sus cómics y sus revistas, escuchaba la música que ellos escuchaban. Quería saber qué les gustaba para adelantarse. Él mismo lo resumió así al final de su carrera:“Mis experiencias más importantes vinieron de tratar con mis clientes más importantes, los niños. Si pudiera dar un consejo a quien se dedica a las chuches, sería este: haz felices a los niños.” Fue también quien llevó a Haribo a anunciarse en la televisión alemana antes que casi nadie en su sector, y quien fichó durante décadas al presentador Thomas Gottschalk como imagen de la marca, una de las asociaciones publicitarias más largas de Alemania.
10. Más allá del osito: un imperio de gominolas
Reducir Haribo a los ositos de oro sería quedarse corto. A lo largo del siglo, la empresa fue creciendo por dos vías: inventando productos nuevos y comprando rivales.
De su propia cocina salieron clásicos que hoy están en cualquier estantería: las ruedas de regaliz, los cocodrilos, los aros, las botellas de cola. Y a base de adquisiciones fue sumando piezas al puzle. En 1961 compró una empresa en los Países Bajos; en los años sesenta y ochenta se expandió por Francia comprando fabricantes locales; y en 1986 se hizo con Maoam, esos caramelos masticables de fruta cuyo nombre es a su vez un acrónimo de una frase alemana que significa, más o menos, “les gusta a todos sin excepción”. La lógica siempre fue la misma: crecer sin salirse nunca de lo que sabía hacer, las golosinas.
Hoy la escala marea. La compañía produce alrededor de cien millones de ositos de oro al día (algunas fuentes elevan la cifra a 160 millones contando todas las fábricas), reparte por más de cien países y tiene una veintena de plantas repartidas por el mundo. En 2017 dio un paso histórico al anunciar su primera fábrica en Estados Unidos, en Wisconsin, después de décadas exportando desde Europa.
11. El negocio detrás del caramelo
Vamos a los números, que es donde la historia se vuelve seria. Haribo es una empresa privada y familiar que no cotiza en bolsa y da la mínima información posible. Se estima que factura entre 1.700 millones y más de 4.000 millones de euros al año, según la fuente y el perímetro que se mida, y emplea a unas 7.000 personas.
¿Cómo se gana dinero de verdad con una golosina que cuesta céntimos? Con tres palancas. Volumen descomunal, porque cien millones de unidades diarias son muchísimas unidades. Una marca casi intocable, con un producto que no ha cambiado de forma ni de mensaje en generaciones, lo que ahorra fortunas en reinvención y publicidad. Y foco absoluto: mientras otras confiteras se dispersan en mil categorías, Haribo se ha mantenido pegada a las gominolas, sin querer ser todo para todos.
Que el modelo funciona lo dicen los márgenes de sus filiales. La británica, por ejemplo, facturó unos 291 millones de libras en 2024 con un beneficio operativo de más de 40 millones, creciendo por tercer año seguido y con la mayor cuota de su mercado. Nada mal para un puñado de azúcar y gelatina.
No todo es dulce, eso sí. En 2017, un documental de la televisión pública alemana destapó condiciones de semiesclavitud en la cadena de suministro de Haribo: trabajadores brasileños explotados en la recogida de cera de carnauba (el ingrediente que da brillo a los ositos) y granjas de cerdos en condiciones deplorables para la gelatina. La empresa se declaró “profundamente preocupada” y prometió auditar a sus proveedores. Otra sombra más en una marca que vende felicidad.
La historia de Haribo desmonta una idea muy repetida: que para construir un imperio hay que reinventarse cada temporada. Aquí pasa lo contrario. El mismo producto, el mismo nombre, casi el mismo eslogan, durante un siglo. La ventaja no estuvo en cambiar, sino en la disciplina de no hacerlo.
Hay algo más, ligado al carácter familiar. Al no cotizar, Haribo no rinde cuentas cada trimestre ante fondos impacientes que exigen resultados ya. Puede pensar en décadas en lugar de en semanas, guardar sus recetas, controlar sus fábricas y crecer a su ritmo. Ese secretismo, que desde fuera parece una rareza, es en el fondo una ventaja: nadie sabe exactamente cómo lo hacen, y esa opacidad protege el negocio de imitadores y de la presión cortoplacista.
Y luego está la parte incómoda, que es la más honesta de contar. Una marca puede estar ligada a la infancia de medio planeta y arrastrar al mismo tiempo un pasado que preferiría enterrar, desde la acusación por trabajo forzado hasta los problemas recientes en su cadena de suministro. Las dos cosas conviven en el mismo envase dorado. Quedarse solo con la versión tierna sería contar media historia.
Las gratitudes
Hay deudas que no aparecen en ninguna cuenta bancaria. No generan intereses, no se reclaman por correo y muchas veces ni siquiera sabemos cuándo empezaron. Son las deudas con las personas que, en algún momento, nos sostuvieron sin hacer demasiado ruido.
Sobre eso trata Las gratitudes, de Delphine de Vigan. Una novela breve, contenida y profundamente humana sobre aquello que a veces dejamos pendiente: dar las gracias a quienes fueron importantes en nuestra vida.
La historia gira alrededor de Michka, una anciana que empieza a perder el habla por culpa de una afasia y que pasa sus últimos meses en un geriátrico. A su alrededor aparecen dos voces: Marie, una mujer que de niña fue cuidada por ella, y Jérôme, el logopeda que trabaja con sus palabras, sus silencios y sus recuerdos. Ambos acompañan a Michka en un último deseo: encontrar al matrimonio que la salvó durante la ocupación alemana y al que nunca pudo agradecerle lo suficiente.
El punto de partida parece sencillo, pero el libro toca algo muy profundo. Porque todos tenemos personas así. Alguien que nos ayudó cuando no sabíamos cómo seguir. Alguien que estuvo cuando no tenía obligación. Alguien que nos abrió una puerta, nos cuidó, nos escuchó o simplemente apareció en el momento exacto.
Y, sin embargo, muchas veces seguimos adelante sin detenernos demasiado. No por mala intención, sino porque la vida empuja. Porque siempre hay trabajo, planes, urgencias, mensajes, objetivos y cosas que parecen más importantes. Hasta que un día entendemos que algunas gracias no conviene dejarlas para demasiado tarde.
Una de las ideas más bonitas del libro es que la gratitud no siempre se mide en grandes gestos. A veces está en estar presente. En acompañar. En devolver algo de lo recibido. En reconocer que no somos únicamente el resultado de nuestro esfuerzo individual, sino también de una red de personas que, de una forma u otra, nos ayudaron a llegar hasta aquí.
Esto conecta con una reflexión incómoda para un mundo tan obsesionado con el éxito personal. Nos gusta contar las historias como si todo dependiera de la ambición, el talento y la disciplina. Pero casi nadie llega solo. Detrás de cualquier carrera, empresa o proyecto suele haber profesores, padres, amigos, parejas, compañeros, jefes, clientes o personas que confiaron antes de que hubiera demasiadas razones para hacerlo.
Las gratitudes también habla del envejecimiento y de la fragilidad. De ese momento en el que una persona empieza a perder autonomía, palabras, memoria o presencia en el mundo. Y ahí el libro se vuelve especialmente delicado: porque muestra cómo una vida entera puede quedar reducida, desde fuera, a una habitación, unas visitas y unas frases que empiezan a romperse.
Pero dentro de esa fragilidad sigue habiendo historia. Sigue habiendo decisiones, miedos, recuerdos, culpas y agradecimientos pendientes.
Quizá por eso el papel de Jérôme, el logopeda, resulta tan importante. Él trabaja con las palabras, pero también con todo lo que queda cuando las palabras empiezan a fallar. En una sociedad que mide tanto lo que producimos, lo que decimos y lo rápido que respondemos, el libro recuerda que también hay valor en escuchar, esperar y acompañar el silencio de otro.
No es una novela de grandes giros ni de frases subrayables cada dos páginas. Su fuerza está precisamente en la contención. En decir mucho con poco. En hablar de la bondad sin convertirla en espectáculo. En recordarnos que hay vidas que no necesitan ruido para haber sido decisivas.
Leer Las gratitudes merece la pena porque obliga a hacerse una pregunta muy sencilla y muy difícil: ¿a quién le debo un gracias que todavía no he dicho?
Puede ser una persona que nos cuidó. Alguien que nos dio una oportunidad. Un amigo que estuvo en una época mala. Un familiar que hizo más de lo que supimos ver. O incluso alguien que ya no está y cuya importancia entendimos tarde.
Al final, la novela no habla solo de agradecer. Habla de reconocer. De mirar hacia atrás y aceptar que una parte de lo que somos también pertenece a quienes nos ayudaron a construirnos.
Y quizá esa sea su gran lección: no esperar a que las palabras empiecen a faltar para decir lo importante.
🛢️ El petróleo sigue marcando el pulso del mercado — El brent se estabiliza cerca de los 94 dólares tras semanas de tensión por Irán y Ormuz, aliviando algo a las Bolsas pero manteniendo viva la presión inflacionista.
🏦 La deuda vuelve a incomodar a los inversores — El bono estadounidense a 10 años subió hasta el 4,73%, máximos de dos décadas, mientras el endeudamiento de EE UU supera los 40 billones de dólares.
🇪🇺 La inflación energética vuelve a tensar Europa — Los precios de la energía subieron un 10,3% en julio y llevaron la inflación de la eurozona al 2,9%, con España como la gran economía más presionada, en el 3,9%.
🏛️ La Fed deja la puerta abierta a endurecer tipos — Las actas revelan que “muchos” gobernadores apoyarían más subidas si la inflación no afloja, pese a que el IPC estadounidense se moderó al 3,4% en julio.
🏠 El euríbor alcanza el 3% y encarece las hipotecas variables — El índice toca su nivel diario más alto en más de dos años y eleva la presión sobre hogares con préstamos revisables.
🏦 Santander refuerza su apuesta por EE UU con Webster — El banco suma 3,5 millones de clientes y 60.000 millones de euros en depósitos tras cerrar una compra de 12.500 millones de dólares.
👗 Shein apunta al 1 de septiembre para salir a Bolsa en Hong Kong — La compañía buscaría captar entre 2.000 y 3.000 millones de dólares, con una valoración por debajo de los 30.000 millones.














