De los píxeles a la pasarela: cómo los influencers virtuales están conquistando el marketing global
Detrás de las nuevas estrellas de Instagram no hay personas, sino algoritmos. Y las marcas pagan millones por ellos.
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No duerme. No envejece. No pide vacaciones.
Y jamás mete la pata.
No tiene ego ni cansancio. Tampoco tiene vida.
Aun así, hay marcas dispuestas a pagarle más que a muchos profesionales con nómina.
Los influencers virtuales son la última mutación del marketing.
Avatares hiperrealistas creados por ordenador —perfectos, dóciles y programados para agradar— que están conquistando las redes sociales y las campañas de moda.
Ya mueven miles de millones de dólares y empiezan a redefinir qué significa “ser famoso” en internet.
Lo más desconcertante no es que existan.
Lo desconcertante es que funcionan.
⏱ Tiempo de lectura: 12 minutos
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La influencer que no existía
El fenómeno empezó a tomar forma en 2016. Una pequeña empresa de Los Ángeles, Brud, lanzó a una supuesta influencer de 19 años llamada Lil Miquela. Publicaba selfies, playlists de Spotify y mensajes progresistas. Parecía una chica más de California.
Hasta que alguien se fijó bien en los detalles.
No era una persona. Era una producción digital: piel impoluta, movimiento milimetrado, personalidad diseñada por guionistas. Cuando se descubrió el engaño, no hubo indignación… hubo fascinación.
Miquela encadenó colaboraciones con Prada, Chanel o Calvin Klein. Hoy factura más de 10 millones de dólares al año.
Un personaje sin cuerpo, sin DNI y sin vida privada… más rentable que miles de influencers reales.
Un mercado lleno de avatares
Tras ella llegó el aluvión:
Shudu, “supermodelo” de estética africana creada por un fotógrafo británico. Ha trabajado para Balmain y Fenty Beauty.
Imma, japonesa, pelo rosa, rostro dulce. En campañas de Nike y Valentino.
Noonoouri, avatar alemán. Warner Music le ha firmado un contrato discográfico.
En Brasil, Lu do Magalu, propiedad de un gigante minorista, suma más de siete millones de seguidores y colabora con Samsung, Microsoft o Chevrolet. Su impacto publicitario supera los 900.000 euros al año.
En España, Aitana López, creada por la agencia The Clueless, tiene 25 años, pelo rosa y agenda de colaboraciones perfectamente calculada. Sus creadores aseguran que puede generar 10.000 euros al mes.
Todo en ella —su vida, sus rutinas, sus relaciones— es literatura digital.
El nuevo influencer: no se queja, no se equivoca
¿Cómo se construye un avatar así? Con modelado 3D, captura de movimiento y motores gráficos. Se le añade una voz generada con IA y un equipo que escribe su vida día tras día.
Son el sueño de cualquier departamento de marketing:
No cancelan sesiones por un mal día.
No opinan de política sin permiso.
No exigen exclusividad ni revisiones del contrato.
Como resumía un responsable de marketing en una conferencia del sector:
“Por fin un influencer que no entra en polémicas.”
El negocio ya ronda los 4.500 millones de dólares. Las previsiones apuntan a 46.000 millones en 2030. Moda, belleza y tecnología lideran el gasto. Todo cuadra: un avatar cuesta menos, produce más y nunca pide un aumento.
Pero… ¿dónde queda la autenticidad?
Aquí está el punto delicado: ¿Cómo confiar en la recomendación de alguien que ni siquiera existe?
China ya obliga a etiquetar cualquier contenido generado por IA.
Europa va en esa dirección.
La agencia de consumo estadounidense (FTC) prepara sanciones si una marca intenta “pasar por humano” un influencer digital.
La pregunta incómoda está encima de la mesa: ¿qué modelo de belleza estamos ofreciendo si ahora ni siquiera las modelos son reales?
Un negocio muy real detrás de una identidad falsa
Paradójicamente, detrás de cada avatar no hay una sola persona, sino equipos enteros: diseñadores, guionistas, programadores, estrategas.
Algunos influencers reales ya lo dicen sin rodeos: crearán su versión digital para multiplicarse. Ellos aparecerán en eventos; su doble virtual, en campañas. Una especie de externalización de sí mismos.
Miquela concede entrevistas admitiendo su naturaleza digital.
Aitana López bromea en sus stories sobre no existir.
Imma publica reflexiones sobre la soledad en el metaverso.
La ironía: lo más humano de estos personajes es que reconocen ser ficción.
Cuando lo irreal genera resultados medibles
En 2018, Prada contrató a Lil Miquela para cubrir la Semana de la Moda de Milán. Entrevistó a invitados, publicó contenido entre bambalinas… y generó más interacción que la cuenta oficial de la marca.
En 2019, Balmain lanzó una campaña con tres modelos virtuales. No hubo vuelos, ni hoteles, ni maquilladores. Las sesiones fueron digitales. La colección se agotó en días.
Las marcas lo tienen claro: no se trata de sustituir a los humanos, sino de eliminar el margen de error.
La frontera que se difumina
Los próximos años serán híbridos.
Humanos que conviven con su doble digital.
Cantantes que actúan en dos escenarios a la vez: uno físico, uno virtual.
Marcas que mezclan rostros reales con avatares.
La autenticidad deja de ser un requisito. Pasa a ser una sensación.
El marketing siempre ha vendido ilusiones.
La diferencia es que ahora puede diseñarlas píxel a píxel.
Así que, cuando vuelvas a ver en Instagram a alguien promocionando una crema “que le ha cambiado la vida”, observa con atención.
Puede que no tenga vida que cambiar.
Lo realmente inquietante no es que existan.
Lo inquietante será cuando ya no nos importe si lo que vemos es humano o no.
📉 La burbuja .com
A finales de los noventa, el mundo se convenció de que internet no era solo una tecnología: era el futuro. Los inversores hablaban de “la nueva economía”, los medios describían a los fundadores de startups como rockstars, y cualquier empresa que añadiera “.com” a su nombre parecía tener garantizado un pase directo a la fortuna. Era una época en la que la palabra “rentabilidad” sonaba anticuada. Lo importante era crecer. A cualquier precio.
Silicon Valley vivía una fiebre de oro digital. En 1999, el índice Nasdaq —epicentro de la revolución tecnológica— subió un 86% en un solo año. Startups sin ingresos, sin producto terminado, incluso sin clientes, alcanzaban valoraciones millonarias en cuestión de semanas. El caso más recordado es Pets.com, una tienda online que vendía comida para mascotas y gastaba más en anuncios televisivos que en logística. Su mascota, un títere con forma de calcetín, llegó a desfilar en la Super Bowl. Meses después, la empresa quebró.
El combustible de esa locura tenía nombre: expectativas. Los inversores creían que internet iba a reescribir todas las reglas de la economía, y que quien llegara primero ganaría. Así, el dinero fluía sin filtro. Fondos de capital riesgo, bancos y particulares apostaban por cualquier proyecto digital. Los analistas justificaban valoraciones delirantes con frases como “esta vez es diferente”. No lo era.
En marzo del año 2000, la burbuja estalló. El Nasdaq perdió casi el 80% de su valor en dos años. Miles de empresas desaparecieron. Millones de ahorradores se quedaron con acciones convertidas en papel mojado. Y el sueño de la “nueva economía” se desmoronó con la misma rapidez con que había nacido. Lo curioso es que de entre los escombros surgieron los verdaderos gigantes: Amazon, Google, eBay. Las empresas que sobrevivieron no eran las más ruidosas, sino las que tenían un modelo sólido, paciencia y propósito.
La caída de las puntocom dejó cicatrices, pero también lecciones que siguen siendo válidas hoy. La primera: la tecnología puede transformar industrias, pero no cambia las leyes básicas de los negocios. Sin ingresos, sin clientes y sin una propuesta real de valor, no hay milagro posible. La segunda: la euforia siempre termina. Lo que empieza con titulares suele acabar con silencios incómodos.
Veinticinco años después, el déjà vu es inevitable. El entusiasmo que hoy rodea a la inteligencia artificial, las criptomonedas o el metaverso tiene un aire familiar. Otra vez la promesa de que “todo va a cambiar”. Otra vez el capital corriendo detrás de lo brillante. Pero, a diferencia del año 2000, ahora hay memoria. Los inversores preguntan por rentabilidad, los emprendedores hablan de sostenibilidad, y los consumidores ya no se deslumbran tan fácil.
Quizás esa sea la herencia más valiosa de la burbuja.com: enseñarnos que el progreso no nace de la euforia, sino de la persistencia. Las revoluciones tecnológicas no se construyen con titulares, sino con tiempo, propósito y algo de humildad. Porque el futuro, al final, no llega de golpe. Llega despacio, mientras todos dejamos de perseguirlo para empezar a construirlo.
📰 Noticias Exprés: Lo Último en un Instante
💶 La banca europea lanzará stablecoins en euros en 2026, con apoyo de los bancos centrales. Buscan competir con los tokens en dólares y abaratar los pagos internacionales, donde estas monedas pueden reducir costes y tiempos de forma drástica.
🏦 Sabadell celebra el fin de la opa del BBVA con un beneficio récord: ganó 1.390 millones hasta septiembre (+7,3%), impulsado por más crédito y menos provisiones. La rentabilidad sube al 15% y confirma su plan de 6.450 millones en dividendos hasta 2027. Sin TSB, el beneficio crece un 19%.
🏗️ ACS ultima un megacuarto con BlackRock: la constructora cerrará en días una alianza con GIP (BlackRock) para vender el 50% de ACS Digital & Energy, valorada en 23.000 millones. El acuerdo impulsará una inversión masiva en centros de datos, clave para la IA y la nube.
🇺🇸 EE. UU. reabre tras 43 días de cierre: el Congreso aprueba un presupuesto provisional hasta el 30 de enero, con 222 votos a favor y firma inmediata de Trump. El acuerdo permite reactivar agencias, revertir despidos y asegurar financiación clave, mientras se negocia el presupuesto definitivo.
💶 Dividendo al alza en España: las empresas españolas repartieron 5.200 millones en el 3T de 2025, un +13,5%, lideradas por el sector eléctrico (Iberdrola y Endesa).
📉 China exporta menos: las exportaciones cayeron 1,1% en octubre, golpeadas por un desplome del 25% en los envíos a EE. UU. tras meses de tensiones comerciales.








